A doce kilómetros de Puerto Velasco Ibarra, en un lugar donde no llega una carretera y donde caminar significa abrirse paso entre vegetación, roca volcánica y antiguos ríos de lava, una cámara tomó una fotografía.
Durante unos segundos, un gato cruzó frente al lente de la cámara C061L, instalada cerca de Cerro Guaytambo. No había ninguna persona allí para verlo. Alrededor solo estaban el silencio, la vegetación y una de las geografías más difíciles de Floreana. Pero la imagen no quedó esperando dentro de una tarjeta de memoria. Una señal salió de aquel punto remoto, viajó a través de nuestra red LoRaWAN y convirtió ese breve encuentro en una alerta.
A kilómetros de distancia, un teléfono recibió la notificación.
Felidae.
Una palabra fue suficiente.
Había un gato en Guaytambo.
Y alguien tendría que ir a buscarlo.
Floreana tiene 17.253 hectáreas. Es fácil escribir esa cifra y mucho más difícil comprender lo que significa caminarla. Esta es una isla nacida del fuego, moldeada por volcanes y cubierta por un mosaico de paisajes que puede cambiar radicalmente en pocos kilómetros. En las partes altas, la vegetación húmeda puede empapar la ropa. Más abajo aparecen el barro, los matorrales cerrados y las pendientes. Hacia otros sectores, el verde desaparece y queda la roca: superficies irregulares, quebradas, campos de lava y zonas áridas donde el sol parece concentrarse sobre las piedras.
Aquí, una línea corta sobre un mapa puede convertirse en horas de caminata. Hay sitios a los que solo se puede llegar por mar. Hay barrancos que se levantan decenas de metros desde la costa. Hay lugares donde no existe sendero y cada paso exige mirar simultáneamente al suelo, al frente y alrededor, buscando dónde apoyar el pie y por dónde continuar. El agua que una persona puede cargar determina cuánto tiempo puede permanecer allí.
Por eso aquella fotografía era tan importante.
Durante años, una cámara trampa instalada en un lugar remoto podía registrar cientos o miles de imágenes, pero para descubrir qué había fotografiado era necesario llegar físicamente hasta ella. En Floreana eso podía significar dedicar una jornada completa a caminar hasta un punto simplemente para revisar una memoria.
La tecnología está cambiando esa relación entre distancia e información. El Sistema de Monitoreo de la Isla Inteligente, desarrollado en colaboración con Jocotoco, Island Conservation y la Dirección del Parque Nacional Galápagos, con el apoyo de Wildlife Protection Solutions y EarthRanger, está cambiando la relación entre distancia e información.
Actualmente mantenemos cerca de 220 cámaras trampa distribuidas en diferentes sectores de la isla, 48 de ellas conectadas mediante esta tecnología. Cuando una de estas cámaras registra una especie invasora, la información puede atravesar el territorio y llegar prácticamente en tiempo real. La inteligencia artificial ayuda a clasificar las detecciones y, cuando aparece algo relevante, el equipo puede decidir dónde concentrar sus esfuerzos.
La tecnología no elimina la montaña, la lava ni los kilómetros.
Pero elimina algo que en conservación puede resultar igual de costoso: caminar sin saber dónde buscar.
La alerta de Cerro Guaytambo puso ese sistema a prueba.
Juan Pablo y Wilson, de la Fundación de Conservación Jocotoco, junto con Milton, del Parque Nacional Galápagos, se dirigieron hacia el lugar. Una parte del trayecto podía realizarse en vehículo hasta la zona agrícola. Después comenzaba el verdadero recorrido: aproximadamente veinte kilómetros entre ida y vuelta.
La vegetación alta fue lo primero. Después llegó el barro. Conforme avanzaban, el paisaje volvió a transformarse y la roca volcánica comenzó a dominar el terreno. Pero esta vez no iban a revisar cientos de fotografías para averiguar si quizás había ocurrido algo. Ya lo sabían. En algún punto de ese enorme paisaje había un gato feral y tenían una ubicación desde donde comenzar.
Al llegar al lugar instalaron tres trampas y utilizaron como atrayente orina de una gata feral capturada anteriormente en Santa Cruz. Después se retiraron.
La cámara permaneció allí.
Observando.
Esperando.
Hasta que llegó una segunda imagen.
Esta vez, la fotografía contaba una historia completa. Al fondo podía verse un gato atrapado: era una hembra. Pero delante de la cámara caminaba otro individuo.
Habían capturado uno.
Quedaba otro.
Sin aquella imagen, la captura de la hembra habría podido parecer el final de la operación en ese punto. La cámara decía exactamente lo contrario: el trabajo no había terminado.
Pero saber dónde estaba el segundo gato y llegar hasta él eran dos cosas muy distintas.
Guaytambo estaba demasiado lejos para convertir cada revisión en una caminata de ida y vuelta. Así que Juan Pablo y Wilson decidieron cambiar la estrategia. En lugar de visitar el territorio, permanecerían dentro de él. Prepararon un campamento y salieron acompañados de Titán y Capitán, sus perros de búsqueda.
Esta vez entrarían por mar.
El desembarque estaba al pie de un barranco de aproximadamente sesenta metros. El oleaje golpeaba la costa y hacía que la embarcación subiera y bajara mientras ellos intentaban descargar. No había un muelle ni una plataforma donde colocar cómodamente el equipo. Wilson tuvo que subir primero hasta encontrar un pequeño punto donde apenas podía apoyarse.
Desde allí comenzó a bajar una cuerda.
Primero subieron los equipos. Luego las trampas. Las carpas. La comida. El combustible. Los implementos de trabajo. Todo aquello que necesitarían durante los siguientes días tuvo que abandonar el bote y ascender por la pared, pieza por pieza.
También los perros.
Titán y Capitán tuvieron que ser asegurados y ayudados a subir mientras abajo el mar seguía moviendo la embarcación contra las rocas.
Superado el primer tramo apareció otra pared que tampoco podían escalar directamente. Otra vez utilizaron la cuerda. Y cuando finalmente todo estuvo arriba, aún no habían llegado a Guaytambo.
En realidad, apenas comenzaban.
Aproximadamente a las cuatro y media de la tarde empezaron a caminar con el equipo a cuestas. El terreno mezclaba lava, vegetación cerrada y pendientes. Mientras avanzaban revisaban las trampas que habían instalado anteriormente. Algunas debían desactivarse temporalmente porque esa noche trabajarían con los perros.
Horas después llegaron hasta la C061L.
Y allí estaba.
El segundo gato.
Los patrones de su pelaje coincidían con el animal que había aparecido caminando frente a la cámara mientras la hembra permanecía atrapada al fondo. Ahora podían verlo directamente y confirmar algo que las fotografías no habían permitido determinar con certeza: era un macho adulto.
En ese instante se cerró un círculo extraordinario.
Una cámara había observado un animal en un lugar donde no había ninguna persona. Una red había transportado esa información a través de la isla. La inteligencia artificial había ayudado a identificarla. Una alerta había llegado a un teléfono. Esa alerta había provocado una decisión. Y aquella decisión había llevado a dos personas, dos perros y todo un operativo de campo a través del mar, un barranco de sesenta metros y kilómetros de lava hasta encontrar exactamente aquello que la tecnología había señalado.
Eso es LoRaWAN en Floreana.
No una antena. No una cámara. No simplemente una fotografía que llega más rápido.
Es la capacidad de convertir una señal remota en una acción de conservación.
Y su importancia va mucho más allá de la detección de especies invasoras. Integrada con dispositivos de seguimiento compatibles, esta red puede ayudar a conocer la ubicación de los equipos que trabajan en zonas remotas y reforzar su seguridad, así como transmitir datos sobre los movimientos de animales monitoreados, como tortugas gigantes con GPS, pinzones equipados con pequeños localizadores o búhos bajo seguimiento. Esta información permite comprender cómo utilizan el territorio, identificar áreas clave, evaluar su adaptación después de una liberación o reintroducción y responder con mayor rapidez ante situaciones que requieran atención. Así, LoRaWAN puede conectar personas, especies y paisaje para orientar decisiones de conservación basadas en información oportuna.
Aquella noche Juan Pablo y Wilson instalaron el campamento aproximadamente a doscientos metros de la cámara. Con el apoyo de Joel y Freddy, también de Jocotoco, limpiaron un pequeño espacio entre la vegetación, levantaron las carpas y, con una pequeña cocina de campamento multicombustible y una sola olla, prepararon la comida de aquella noche.
El agua, en cambio, se administraba con cuidado: debía alcanzar para ellos y también para Titán y Capitán.
Después de cenar volvieron a salir.
Caminaron durante la noche buscando nuevas señales con los perros y regresaron cerca de la medianoche. A la mañana siguiente desmontaron el campamento, reactivaron trampas y continuaron hacia otro sector. Sobre el mapa las distancias parecían pequeñas; bajo sus botas eran otra cosa. No existía un sendero. Había que abrirse paso con machete, calcular cada pisada sobre la roca y continuar bajo un sol que hacía que el agua desapareciera más rápido de lo previsto.
Al final de otra jornada llegaron exhaustos al segundo campamento. No había árboles adecuados para suspender las carpas, así que durmieron sobre el suelo. El viento era fuerte. Los perros estaban tan cansados como ellos.
A la mañana siguiente tuvieron que desviarse para encontrar agua para Titán y Capitán. En medio de aquella zona árida encontraron una encañada donde algo de lluvia había quedado atrapada en una grieta profunda, protegida del sol por la sombra. Allí bebieron los perros antes de continuar.
Durante buena parte de aquellos días estuvieron prácticamente incomunicados. Sin internet convencional, la comunicación del equipo dependía de una radio que encendían en horarios determinados por la mañana y por la noche.
Y quizá esa sea una de las imágenes que mejor explica lo que estamos construyendo en Floreana: personas trabajando en lugares donde un teléfono puede perder toda conexión con el mundo, mientras las cámaras comienzan a conectar el territorio para la conservación.
La tecnología no hizo el trabajo de Juan Pablo y Wilson. No subió el barranco. No cargó las mochilas. No abrió camino con un machete. No buscó agua para los perros ni pasó la noche entre la lava.
Hizo algo diferente.
Les dijo dónde valía la pena hacer todo ese esfuerzo.
Esa diferencia importa enormemente cuando se trabaja sobre 17.253 hectáreas. Cada jornada que evitamos dedicar a revisar una cámara sin novedades puede convertirse en una jornada para instalar trampas, trabajar con los perros, responder a una detección o monitorear otro sector. Cada desplazamiento que podemos priorizar significa combustible, embarcaciones, alimentos, equipos de campo, horas de trabajo y recursos que pueden utilizarse mejor.
Por eso esta historia no termina con los dos gatos ferales retirados de Guaytambo.
En realidad, apenas comienza.
En octubre ampliaremos significativamente la red actual, acercándonos a 200 unidades conectadas, aumentando nuestra capacidad de recibir información desde lugares donde hoy todavía dependemos de visitas físicas. Con cada nuevo punto conectado, Floreana se vuelve un poco más visible. No porque desaparezcan sus barrancos, sus campos de lava o sus enormes distancias, sino porque ya no necesitamos estar físicamente en cada lugar para comenzar a saber qué está ocurriendo allí.
Esta visión ha llevado a nuestra iniciativa “Primera Smart Island del Mundo: LoRaWAN para la Conservación y Restauración Ecológica de la Isla Floreana” a ser reconocida entre los Top 50 finalistas de Premios Verdes 2026.
Pero cuando hablamos de una Smart Island, no hablamos de llenar una isla de tecnología.
Hablamos de utilizar tecnología para que las personas puedan conservar mejor.
Porque detrás de cada alerta sigue existiendo alguien dispuesto a responder.
Detrás de aquella fotografía estuvieron el trabajo de Milton junto a Freddy, Joel, Juan Pablo y Wilson. También hubo veinte kilómetros de recorrido, un desembarque entre oleaje, un barranco de sesenta metros, cuerdas, mochilas, trampas, dos perros, campamentos, noches de búsqueda, agua administrada gota a gota y personas que continuaron avanzando cuando el terreno parecía decirles que se detuvieran.
Todo comenzó con una imagen.
Durante apenas unos segundos, un gato feral cruzó frente a una cámara en un rincón remoto de Floreana. No había nadie allí para verlo.
Pero la cámara sí lo vio.
La señal cruzó la isla. Y al otro lado encontró a personas dispuestas a atravesar el mar, escalar barrancos y caminar sobre la lava para responder.
Hoy sabemos que no podemos estar en cada rincón de Floreana.
Pero estamos construyendo una isla capaz de decirnos dónde debemos estar.
Y cuando Floreana vuelva a llamar, estaremos listos para responder.














